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LatPipol
Regalos de Verdad
Por Silvia Davila MM / www.eartpipol.wix.com/blog
BOGOTA/ COPYRIGHT
Diciembre 13, 2013
Ilustración: Google Images
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A veces los regalos cuestan nada.
Casi nunca hablo de mi, pero esta es una experiencia que me gustarÃa compartir sólo para recordar que la vida siempre guarda regalos inesperados, ahÃ, a la vuelta de la esquina. Yo toco maracas pero no sé por qué. La idea nunca pasó por mi cabeza, nunca las busqué ni tomé lección alguna. Una noche, hace muchos muchos años, me encontré sosteniendo un par de ellas al mismo tiempo que una canción resonaba contra las paredes y la mezcla tocó mi alma salsómana. Parada ahÃ, en medio de un salón vacÃo, caà en la cuenta de que la música le pega al oÃdo, invade el cuerpo, se instala en rodillas y caderas y si por casualidad se tiene un par de maracas en las manos, los brazos entran en acción permitiendo que las pequeñas piedras prisioneras dentro del instrumento resuenen en toda una diversidad de formas. Me encantó. Desde entonces, ese ha sido mi pequeño secreto. De vez en cuando, sola en mi casa, pongo discos de salsa y me doy a mi misma un concierto de maracas hasta la madrugada. Sólo mi familia sabÃa de ello. De hecho, es uno de mis muy personales recursos para vencer la soledad. Hace pocas semanas mi hija contrajo matrimonio. Para ese momento siempre revestido de emoción, ella y su ahora esposo consiguieron crear un momento maravilloso para todos. El escenario: una antigua ciudad colonial en Colombia - Barichara - situada a seis horas de camino en automóvil. Un lugar vecino de las nubes, intacto, piedra y teja, puertas de madera, el verde compartiendo casas y calles, tibio, soleado y bello. Los invitados - plenaria familiar y amigos - llegaron hasta allà en buses alquilados. De hecho, la fiesta empezó en el camino. El evento terminó convertido, más que en una boda, en una burbuja en el tiempo de tres dÃas y el pueblo en hogar de paso en donde todos compartimos alegrÃa, cariño, risas, música y baile. La felicidad de mi hija resultó ser contagiosa. DÃas para recordar.
Después de la ceremonia, a la hora de la comida, recorrà las meses para saludar a los invitados. Cuando regresé a la mÃa que compartÃa con mis hermanos y hermanas, una pequeña conspiración esperaba sobre mi plato: un par de maracas. Mi familia habÃa enviado a un muchacho a comprarlas - en ese pueblo y a esa hora - y él, milagrosamente, las habÃa encontrado. Agradecà el gesto pero las puse a un lado insegura de hacer público mi pequeño secreto y segura de que la madre de la novia debÃa ocupar un lugar discreto y agraciado. La noche continuó y se calentó. Una orquesta de salsa nos deleitaba y, como en toda buena fiesta latinoamericana, bailar era la orden de la noche. En esas estaba cuando lo vi, el vaporoso vestido blanco que mi hija lucÃa se acercaba, en sus manos las maracas. Me pidió tocarlas. Y ahà es cuando lo inesperado sucede. Qué probabilidades tenÃa yo en la vida de tocar maracas con una famosa orquesta de salsa? Cuando? Empujada por mi familia - mis únicos hinchas - heme allÃ, la madre de la novia... en el escenario. A mi izquierda todos los vientos, a la derecha los teclados y los vocalistas, a mis espaldas los tambores. La gente detuvo el baile para escuchar - audiencia -, las luces, el calor, la música...cerré los ojos y sólo Dios sabe el momento único y feliz que me dio la vida. Un momento maravilloso sellado por una abrazo apretado de mi hijo susurrándome al oÃdo "te adoro ma". El amor de mi familia hizo ese momento posible. Mi sobrina tomó en un video los últimos segundos del suceso que incluyo aquà para mi familia y amigos pero también para que todos, especialmente en esta época de Navidad, recordemos que pese a las circunstancias de cada cual, tan duras como puedan ser..., la vida siempre nos tiene guardados regalos verdaderos e inesperados. /Silvia Davila MM, Dic 13, 2013, Pipolmagazine/ Video MarÃa Camila Arango.
TRUE GIFTS
Little things mean a lot.
I seldom talk about myself but this is a piece of experience I feel like sharing, just to remember that life always delivers the unexpected, there, waiting around the corner. I do play maracas but I do not know why. The idea never crossed my mind, never looked for it or took a lesson. One night, many many years ago, I found myself holding a pair of them as a song boiling against the walls touched my salsa soul. Standing there alone in an empty room, I found out that music hits the ear, invades the body, rhythm sets home in the knees and hips, and if you happen to be holding a pair of maracas, arms follow letting those tiny marbles imprisoned inside the instrument resonate rhythm in many different ways. I loved it. Since then, it has been my little secret. Every now and then, alone at home, I play salsa records and give myself a maraca´s concert till dawn. Only my family knew about it. It is, actually, one of my very own personal resources to conquer solitude. A few weeks ago my daughter got married. For that always-exiting event of tiding the knot, she and her now husband managed to create a wonderful moment for all of us. The scenario: a small, very old colonial town in Colombia - Barichara - six hours away by car. A place, neighbor to the clouds, intact, stone and tile, wooden doors, nature sharing homes and roads, a warm, sunny, beautiful place. All guests - a plenary of the family and friends from all walks of life - got there in hired vans. The party, actually, began on the road. The whole event came to be, more that a wedding, a three-days bubble in time, and the old town transformed into a temporary home where everyone shared joy, love, laughter, music and dance. My daughter´s happiness happened to be contagious. Days to remember.
After the ceremony, at dinner, I moved around all tables greeting guests. When I returned to the table I was sharing with my brothers and sisters, a little conspiracy had taken place: a pair of maracas rested on my plate. My family had sent a boy to buy them - at that hour, in that town - and he, miraculously, had found them. I thanked the gesture but put them aside not certain to let my little secret go public and, also, certain that the mother of the bride was to keep a discrete, graceful place. The night went on and the party heated up. A Salsa orchestra was delighting us and, as in any Latin American good party, dancing was the call of the night. An ancient, beautiful, stonewalls old house backyard, lit by all kind of colorful lights was reverberating with "fiesta". So was I. At a certain moment I turned around and there it came, the vaporous white dress my daughter was wearing approaching me, in her hands the maracas. She asked me to play. And there is when the unexpected gets delivered. What were the odds for me to be able to play maracas with a thirteen members highly recognized salsa orchestra? When? Ever? Pushed by my family, my only funs, there I was on stage - the mother of the bride... On my left the winds, at the far right the key boards, closer de vocals, at my back all the drums, guests stopped dancing to listen - an audience - the lights, the heat, the music... I closed my eyes and God knows the unique joyful moment in time life gave me. A few marvelous moments beautifully sealed with a tight hug from my son whispering in my ear "I adore you mum". My family´s love made it happen. My niece registered in a video the last few seconds of that moment. I include them here for my family and friends, and for all of us to remember - especially in this Christmas time - that, despite all circumstances we are in, as hard as they may be... life always have in store true, unexpected true gifts. /Silvia Davila MM, Pipolmagazine, Dic 13, 2013, Bogotá, (c)